
La constitución de aquel equipo de trabajo se hizo en el Palau de la Generalitat. Maragall señaló los objetivos y nos dio un plazo de seis meses para finalizar nuestras recomendaciones. Todos estuvieron de acuerdo; un servidor –con el objeto de recordar que seguía siendo un impertinente— dijo dos cosas: 1) que no me parecía suficiente tiempo para realizar una tarea tan complicad, y 2) que ese documento iría, en todo caso, a ampliar la hospitalidad de los archivos o de la cesta de los papeles. La mirada amablemente recriminadora de Antón Cañellas, el presidente del grupo, impidió que yo siguiera dando la nota.
… Y nos pusimos a trabajar. La comisión tuvo dos grandes pilares: el notario Juanjo López Burniol y Almela, secretario de nuestros trabajos. Cañellas, siempre tan caballeroso, ponía orden en nuestras discusiones que, de manera no infrecuente, subían fraternalmente de tono. Como debe ser. Pues bien, al cabo de seis meses el documento estaba listo para ser presentado. De manera que tuve que tragarme mi vaticinio y –en un arranque impropio de mi forma de ser—pedí disculpas a mis cofrades.
Cuando entregamos el documento, Pasqual Maragall nos felicitó y, como pulla afectuosa, me recordó que mis augurios no se habían cumplido. Otra vez tuve que pedir disculpas en otro arranque no previsto en mis códigos personales. Para compensar mi desahogo reincidí en lo segundo: President, este documento irá a la papelera.
Como es natural, el documento precisaba detalladamente toda una serie de propuestas de orden técnico y de reformas legislativas que, afirmábamos, debían hacerse de manera gradual. Es decir, no poníamos el énfasis en la velocidad sino en abrir el camino y, sin atropellamiento alguno, avanzar sigilosamente. Eso sí, teníamos muy claro que la falta de confianza de amplios sectores ciudadanos en la Administración no debía a la falta de normativas –o que éstas fueran malas— sino al sistemático incumplimiento de aquellas. Más todavía, considerando que era necesaria una reforma administrativa, poníamos el acento en la reforma política. También que la eficiencia del sistema político y administrativo requería una ley de reorganización territorial, otra de financiación de los partidos y una ley reguladora de los medios de comunicación públicos. En resumidas cuentas, estábamos nombrando la bicha. En todo caso, diré que, precavidamente, habíamos hecho una serie de propuestas con independencia de si se hacían o no las reformas que planteábamos.
Bueno, al grano: ¿qué se hizo de aquel documento? El Consejero Josep Maria Vallès hizo lo que pudo y más. El resto de los departamentos –lo diré elegantemente para disfrazarme de cortés— dijo llamarse Andana. O sea: si te he visto, no me acuerdo.
Ahora, tras la enésima versión de la alta y baja cleptomanía aparecen, nuevamente, apelaciones bondadosas, improvisaciones diversas y ocurrencias de salón. Digo yo: ¿porqué no le echan un vistazo, aunque sea en diagonal, a un material sesudo que dio lo mejor de los conocimientos de un grupo de expertos (todos ellos menos un servidor) que sabían lo que decían?
Ustedes dirá que por qué no pongo el documento para que se sepa qué escribimos. Muy fácil, porque en los sitios donde se puso ya no se encuentra. O sea, que –a pesar de que estoy asesorado por los Servicios Técnológicos de Parapanda (STP), de probada solvencia— el material ya no se encuentra en Internet. Si alguien lo encuentra que me lo haga saber. Vale.
(1) A ver si me acuerdo del mayor número de personas que redactamos el informe: Antón Cañellas, Juanjo López Burniol, Lali Vintró, Helena Guardans, Manuel Ballvé, Amadeu Petitbó, Josep Mir, Pere-Lluis Huguet, Jordi Porta y un servidor. Si me dejo a alguien no es por inquina sino por cosas de la edad.
Radio Parapanda: Habla Antonio Álvarez del Cuvillo en LOS OTROS (IV) LOS MECANISMOS DE EXCLUSIÓN COGNITIVOS.































